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Foro de Examen de la Migración Internacional 2026: Entre el silencio, el poder y el acompañamiento

20 de mayo, 2026 | Autor: Elket Rodríguez | Personas migrantes y refugiadas

“Aprendí Más del Silencio”

 

Este artículo narra la experiencia de Elket Rodríguez en el Foro de Examen de la Migración Internacional (IMRF) 2026, contrastando los discursos oficiales sobre migración con las realidades que enfrentan las personas migrantes. Compartimos el texto de nuestro colega Elket, publicado originalmente en www.faithworks.com

Asamblea General de Naciones Unidas, mayo de 2026. Foto: Abbey Combs.

Llegué a las Naciones Unidas cargando años de historias de frontera. Niños durmiendo en pisos de iglesias. Pastores improvisando refugios. Madres preguntando dónde desaparecieron sus hijos. Hombres quebrándose en silencio porque ya no pueden sostener a sus familias. Voluntarios sobreviviendo entre cafeína, oración y grupos de WhatsApp. 

 

Y de repente, allí estaba yo, sentado en el Salón de la Asamblea General durante el Foro de Examen de la Migración Internacional (IMRF), la principal plataforma de revisión de las Naciones Unidas para el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. El Pacto Mundial para la Migración (GCM, por sus siglas en inglés) fue adoptado por la Asamblea General de la ONU en diciembre de 2018 como el primer acuerdo intergubernamental negociado bajo el auspicio de las Naciones Unidas para abordar la migración internacional de manera integral. El IMRF existe para revisar la implementación del pacto cada cuatro años.  

 

Los gobiernos informan. Las organizaciones responden. La sociedad civil presiona. Todos hablan. Y todos leen.  

 

Aprendí mucho durante esa semana. Pero aprendí mucho más del silencio. De lo que no se dijo. De la coreografía de la diplomacia. Del lenguaje que crea consenso sin necesariamente crear urgencia.  

 

Si la política es el arte de hablar mucho diciendo poco, entonces el IMRF fue una clase magistral. Cada delegación tenía su violín. Cada bloque su melodía. Cada representante su libreto.

 

“Whole of government and whole of society approach.” “Resilience.” “Implementation.” “Stakeholders.” “Regular pathways.” “Protection.” “Cooperation.” El mismo vocabulario repitiéndose una y otra vez como liturgia. Como incienso burocrático. Como un lenguaje cuidadosamente diseñado para no incomodar demasiado mientras sigue sonando compasivo. Por momentos me pregunté si ChatGPT se había convertido en el embajador del mundo.  

 

Y, sin embargo, debajo de toda esa coreografía diplomática, todavía existía algo real. Había personas de organizaciones de base. Líderes de fe. Migrantes. Madres. Defensores de derechos humanos. Abogados.

Hermanas escalabrinianas. Representantes de sociedad civil agotados de cargar realidades que no caben dentro de resúmenes diplomáticos.  

 

Fui invitado por Church World Service para participar como parte de su delegación, particularmente para ayudar a asegurar que las voces de las organizaciones basadas en la fe y de quienes acompañan migrantes directamente “sobre el terreno” permanecieran presentes en la conversación. Y eso importaba. Porque una de las realidades incómodas del IMRF 2026 fue la limitada presencia de muchos actores de base.  

 

El clima migratorio actual en Estados Unidos ha creado temor incluso entre defensores y organizaciones que trabajan directamente con migrantes. Las preocupaciones sobre visas, reingreso, vigilancia y posibles represalias políticas afectaron la participación. Irónicamente, las personas más cercanas al sufrimiento suelen ser quienes más dificultad tienen para entrar a los espacios donde se discute la migración.  

 

Mientras tanto, los gobiernos reportaban avances. Y para ser justos, algunos avances son reales. Hubo discusiones importantes sobre unidad familiar, migración climática, protecciones laborales, alternativas a la detención y vías de regularización. España defendió la regularización no solamente como un acto de compasión, sino como realismo económico. Filipinas fue reconocida repetidamente por sus protecciones para trabajadores en el extranjero. Colombia propuso formas innovadoras de cooperación consular y movilidad regional. UNICEF y KIND lanzaron la Iniciativa de Unidad Familiar.   

 

Había personas serias haciendo trabajo serio.  

 

Y aun así, la tensión de fondo seguía siendo imposible de ignorar. Si uno creyera plenamente a los gobiernos, parecería que los migrantes están recibiendo todo lo que necesitan. Todo es “integral.” Todo es “ordenado.” Todo es “cooperativo.” Pero la frontera sigue llenándose de tumbas.  

 

Desde la adopción del Pacto Mundial para la Migración en 2018, más de 55,000 migrantes han muerto alrededor del mundo. Ese número me persiguió toda la semana. Una de las participantes, Natividad Obeso, representante migrante de Argentina, dijo: “Ser migrante es vivir con miedo.” Esa frase atravesó más verdad que cientos de intervenciones diplomáticas.  

 

La realidad es que muchos migrantes continúan siendo empujados hacia la irregularidad no porque deseen el desorden, sino porque las vías legales siguen siendo inaccesibles, desiguales o políticamente manipuladas. Como explicó María Eugenia, de la red escalabriniana, la irregularidad no surge de la nada. Surge de la desigualdad. Y cada vez más, también de la desigualdad digital.  

 

El mundo está digitalizando rápidamente los sistemas migratorios. Visas. Contratos laborales. Procesos de asilo. Verificación de identidad. Manejo de casos. Pero la digitalización sin accesibilidad simplemente crea otra frontera. Un muro digital.  

 

Una de las realidades más evidentes que emergieron del IMRF fue que la gobernanza migratoria está cada vez más dividida en bloques globales de poder. Estados Unidos no participó ni respaldó la declaración de progreso. Y esa ausencia dijo más que muchos discursos. Estados Unidos sigue siendo quizá el país más económicamente dependiente de la migración mientras simultáneamente se convierte en uno de los más políticamente hostiles hacia los migrantes. Fue, paradójicamente, el país más honesto de la sala. No porque sus políticas sean coherentes. Sino porque ya ni siquiera pretende.  

 

Al mismo tiempo, otros gobiernos promovían retóricamente la inclusión mientras expandían la detención, los acuerdos de deportación y las fronteras externalizadas. La contradicción estaba en todas partes. Los países quieren cooperación internacional para la aplicación de controles. Pero soberanía nacional para evitar rendición de cuentas. Resisten obligaciones humanitarias internacionales mientras abrazan formas de militarización internacional.  

 

La migración misma se ha convertido en una de las grandes contradicciones del capitalismo global. Se necesita mano de obra barata. Se necesitan migrantes. El declive demográfico es real. El envejecimiento poblacional es real. El desplazamiento climático es real. Pero los sistemas políticos dependen cada vez más de aparentar hostilidad hacia las mismas personas que sus economías necesitan.  

 

En uno de los eventos paralelos sobre regularización, el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de España dijo algo notablemente directo: la regularización funciona. Aumenta la recaudación contributiva. Mejora las protecciones laborales. Reduce la informalidad. Fortalece las finanzas públicas. Humaniza a los migrantes. Ese nivel de honestidad se sintió refrescante. Porque gran parte del debate global sigue tratando la migración como una emergencia temporal en vez de reconocer lo que realmente es: una característica estructural permanente de nuestro mundo. Y quizás una de las grandes pruebas morales de este siglo.  

 

Y aun con todas mis críticas, me fui convencido de algo más: lo local sigue importando más que lo global. La realización más importante de la semana no vino de una resolución de la ONU, sino de comentarios repetidos por organizaciones, funcionarios locales y personas que trabajan directamente en el terreno: la integración ocurre localmente. No federalmente. No abstractamente. No diplomáticamente. Localmente. En iglesias. Escuelas. Vecindarios. Clínicas. Refugios. Oficinas municipales.  

 

La base comunitaria sigue siendo el centro de todo esto. El vecino en Harlingen importa más que el título de “Global Migration Advocate.” El Buen Samaritano sigue siendo la política migratoria más realista que la humanidad ha producido.  

 

Y esa realización no me hizo menos cínico. Pero quizá sí me hizo más fiel. Porque la verdad es que ningún pacto global puede sustituir el acompañamiento. Ninguna declaración puede reemplazar la solidaridad. Y ningún lenguaje diplomático puede describir plenamente lo que ocurre cuando un migrante asustado escucha: “Dios te bendiga.” De verdad.  

 

Quizá ahí es donde todavía el Reino de Dios interrumpe la maquinaria. No en las plenarias. Sino en los actos ordinarios de personas que continúan acompañando a otros a pesar del cansancio, las contradicciones y el fracaso político.  

 

Los sistemas siguen siendo imperfectos. Los discursos siguen siendo repetitivos. Los poderes siguen siendo poderosos. Pero el trabajo continúa de todos modos. Y tal vez la fidelidad nunca se trató de arreglar todo el sistema. Tal vez siempre se trató de seguir siendo humanos dentro de él. 

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